19 janvier 2015

Marx y la Biblia, crítica a la filosofía de la opresion



(Cont., viene del día 29 de diciembre 2014)

La vía de Marx ha sido perfectamente descrita por Bigo en su libro Marxismo y humanismo: Sin recurrir a la abstraccion de un mundo irreal que domine el mundo real, sea ese mundo el de los teólogos, filósofos,o juristas, sin salir del mundo real, por la sola fuerza de los elementos que incluye, traducir no obstante, no como protesta verbal, sino como una contradicción real, la rebelión del hombre contra la dominación que le hacen padecer los seres materiales y contra la explotación de que es objeto por parte de sus semejantes (Marxismo y humanismo 232).

Por eso decíamos en otro momento que Marx se prohibió a sí mismo la moral como conocimiento separado porque lo ejercitaba en todo conocimiento de la realidad. Quienes sostenían que en el terreno rigurosamente filosófico la aportación de Marx era nula, tienen que encarar el hecho de que si algo fue radicalmente revolucionario por Marx fue la filosofía en cuanto tal.
Con él empezó a verse que la realidad misma analizada por la ciencia es en sí misma moral y que no percibirla así es falta de profundidad y de objetividad y realismo. Garaudy lo ejemplariza en un caso concreto, a propósito de la profecundización-correccción de Marx hace de la ley del valor descubierta por Ricardo:
Aunque aproximándose al descubrimiento decisivo de Marx, que el salario es determinado por el costo de producción de la fuerza del trabajo, Ricardo no ve que esta ley se deriva de la transformación del trabajo en mercancia, de su fetichización en objeto, es decir, del principio mismo del régimen capitalista que reduce todo al denominador común del valor mercantil (R. Garaudy, Karl Marx, 169.)
De paso: no se podía expresar mejor la encarnación de la injusticia y de la inmoralidad y del pecado en un sistema civilizatorio. Garaudy prosigue ahí a continuación: Ricardo "atribuye este fenómeno a lo que no es sino un efecto segundo del sistema: la concurrencia de los obreros y la ley de la oferta y la demanda. Es, desde el punto de vista de su propia doctrina, una inconsecuencia: su ambición era reducir todas las categorías económicas a las del valor-trabajo, y su mérito el de colocarse desde el punto de vista de la producción; pero para explicar el salario se pasa al punto de vista de la distribución y de la circulación(Ib.)
Cuando la ciencia se frena a medio camino del conocimiento de la realidad es cuando no capta la sustancia moral de los hechos.
Muy semejante es el caso observado por Bigo sobre la actitud de Marx frente a la ley de Adam Smith acerca de capital fijo y capital circulante, ley que compara el trabajo con las mercancias: Para encontrar una analogía entre estos elementos, hay que adoptar deliberadamente la óptica capitalista y consentir en reducir todo el valor objetivo. Toda la doctrina marxista consiste en el rechazo de este punto de vista (Marxismo y humanismo, 195).
Y con razón lo rechaza, pues es voluntariamente ciego y se empeña sistemáticamente y racionalizadamente en no percibir lo que en realidad está pasando, que es el aplastamiento del hombre. Si los tecnócratas de nuestro siglo han traicionado al proletario, es porque la ciencia con la que se identificaron estaba estructurada de manera contraria a la causa de los pobres.
Como bien dice Domergue resumiendo a Galbraith, "se trata sin duda de un endoctrinamiento profundo, de una captación del espíritu humano que se persuade íntimamente de que las grandes verdades sociales son el crecimiento económico, la estabilidad financiera, el desarrollo tecnológico etc. Dogmas que son recibidos como tales sin posibilidad de crítica: cuestionarlos es ir contra el orden natural de las cosas (Frères du monde, mai-juin 1968, 14).
Son la epistomología y el concepto mismo de la ciencia los que llevan 25 siglos lavándole el cerebro al mundo, impidiendole por anticientífico escuchar el clamor de los pobres, blindándole ante lo más profundo y serio de la realidad que tenemos delante. Prosiguen Domergue-Galbraith.
Por el sesgo de esta "creencia" la tecnoestructura ejerce un poder menos directo que el de los "empresarios", pero esto se debe a la influencia mucho más importante de que finalmente dispone ella. El
Estado se ha convertido en el organismo burocrático de su buen funcionamiento. Hay correspondencia absoluta entre sus objetivos. Estado y tecnoestructura son aliados indisociables, promotores permanentes de una "creencia" que necesitan para existir (ibid., 15).
Esa observación va mucho más a la raíz del asunto que el diagnóstico de Marshall McLuhan, en el que asegura que "la gran traición de los intelectuales fue que cedieron autonomía y se volvieron lacayos del poder, como el físico en el momento presente es lacayo de los amos de la guerra".(M. Mc LuHAN, Undestarding Media. New York 1964, 47).
Esto que dice Mcluhan es verdad, pero en realidad "la partida se juega al nivel del espíritu del hombre, en la posibilidad que tendrá o no tendrá de criticar la susodicha "creencia".
En una sociedad llegada al estadio de la tecnoestructura, la política se vuelve "religión"(DOMERGUE, art. cit.). Sólo necesitamos añadir que esa partida se juega desde que se inventó la gran ideoloí del "orden matural de las cosas", al que Dumergue mismo alude; ese orden natural es el statu quo, y postularlo como "natural" tiene la misma función reaccionaria que el postulado indemostrable de la lógica clásica en el sentido de que la realidad presente no es contradictoria.
También la ley de bronce de los salarios descubierta por Ricardo y Lasalle, se postulaba como "natural": el que los obreros se murieran da hambre y desnutrición les parecía a los clásicos de la economía la cosa más natural del mundo. Ya vimos que tanto Marx como la Biblia rechazan la imposición de una pretendida "naturaleza" incambiable, en virtud de la cual, mientras haya historia el hombre será lobo para el hombre.

Ver: José P. Miranda, Marx y la Biblia, crítica a la filosofía de la opresion
Ediciones Sigueme 1975

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Si je ne brûle pas
Si tu ne brûles pas
Si nous ne brûlons pas,
Comment les ténèbres
Deviendront-elles clarté ?

Nazim Hikmet, poète communiste turc (1901-1963), traduit par son ami Garaudy