27 novembre 2011

Les origines de la "crise"

La Crise: chambardement social et politique
par
Jean-PierreGRABER 

Conférence donnée lors des Rencontres de Lavigny (Suisse) le 18 janvier 1997

Dans le cadre de cette conférence, il n'est certes ni possible ni opportun d'analyser les causes de la crise actuelle d'une manière un tant soit peu exhaustive. Je me bornerai à dire qu'à mes yeux trois facteurs fondamentaux se joignent pour modeler et changer en profondeur nos sociétés: la logique économique, les avancées technologiques et les mentalités collectives.
Dennis Gabor a saisi cette dérive en énonçant sa première loi de la technologie: "tout ce qui peut être fait le sera". En réfléchissant à cette problématique, Roger Garaudy a écrit avec pertinence: "Tout ce qui est techniquement possible est nécessaire et souhaitable". C'est en ce sens que science et technologie peuvent devenir oppressantes pour l'homme. Le génie génétique présente pour le moins autant de virtualités négatives que d'aspects positifs pour l'humanité. La vente de sang contaminé et l'affouragement des bovins par des farines animales, contre les lois élémentaires de la nature et du bon sens, laissent mal augurer d'une utilisation sage du progrès scientifique.
Les mentalités collectives constituent vraisemblablement le déterminant le plus important du déclenchement, du degré de gravité et de la nature des crises. Les mentalités collectives de ce temps me semblent présenter les caractéristiques essentielles que voici:
-Un agnosticisme multiforme largement répandu, selon lequel Dieu, s'il existe, n'est en aucun cas le Dieu de l'Histoire révélé par l'Ancien et le Nouveau Testament, mais bien plutôt le Grand Psychologue qui nous comprend du haut de sa distante bienveillance.
-La conviction qu'il n'y a pas de vérité absolue dans l'ordre spirituel, religieux, éthique et social, mais bien plutôt des vérités partielles, contingentes et provisoires, issues de la culture d'une époque. C'est le relativisme.
-La volonté de s'abstraire de la condition humaine et de nier la nature humaine. Le dessein de s'abstraire de la condition humaine explique les tentatives de l'humanité de réaliser l'utopie d'un paradis terrestre dont seraient bannies la souffrance, les maladies, la peine du travail, les contradictions et limitations humaines, voire même la mort. Nier la nature humaine, c'est, entre autres, refuser de voir que l'origine du mal est en l'homme et non pas d'abord dans la société.
-La quête d'une spiritualité irrationnelle et irréelle qui se manifeste par le goût pour les religions orientales, le surnaturel sous toutes ses formes, les tarots, les horoscopes et autres pourvoyeurs de tranquillité psychique éphémère.
-La croyance que les êtres humains ne sont pas véritablement responsables de leurs comportements pathologiques, ces derniers étant imputables à l'environnement socio-culturel. Cette croyance détermine grandement l'attitude de nos tribunaux et de nos systèmes d'éducation.
-L'individualisme égoïste, avec ses corollaires logiques que sont l'indifférence à son prochain, l'absence de solidarité active et la régression de l'esprit de sacrifice.
-Le profond désir du plus grand nombre que l'Etat n'interdise plus, mais qu'il se borne à réparer les effets négatifs de nos comportements pathologiques.
-La consommation de sensations physiques et psychiques érigées en but ultime de la vie et en valeur absolue de la société.
-Le matérialisme pragmatique et les résultats à court terme reconnus comme critères premiers des décisions humaines. C'est le règne de l'utilitarisme.
-Le mépris, voire la haine d'une différence qui interpelle et brise des certitudes faciles, confortables et anesthésiantes.
-En dépit d'un certain retour à la nature et aux mythes passéistes de l'âge d'or, la croyance majoritaire que la science et la technique constituent les principaux instruments de la résolution de presque tous les fléaux qui assaillent l'humanité.

Répétons-le. Les mentalités collectives, les avancées technologiques et la logique économique constituent l'origine principale de la crise généralisée d'aujourd'hui .

26 novembre 2011

Los integrismos

Los integrismos, parte I y II

Desde la introducción el autor es tajante con su postura en referencia al tema en cuestión, asegura que “todos los integrismos –tecnocráticos, stalinistas, cristianos, judíos o islámicos- constituyen hoy el mayor peligro para el porvenir”, [1] sitúa pues, algunas de las más afamadas formas de integrismos que se presentan en la actualidad, arremetiendo contra ellas como una peste funesta que nos ha venido embargando y lo sigue haciendo con diferentes manifestaciones.
Define este concepto diciendo que “consiste en identificar una fe religiosa o política con la forma cultural o institucional que pudo revestir en una época anterior de su historia. Creer, pues, que se posee una verdad absoluta e imponerla”. [2] La gravedad de esta postura es que es radical y defiende su teoría como única e incambiable, llegando a extremos por defender lo que se profesa como verdadero.
Garaudy elenca toda una serie de integrismos que se dan en la actualidad, tales como el del cientificismo, la tecnocracia, la concepción positivista de la ciencia, del stalinismo, el romano, iraní, argelino, israelí y el musulmán. Criticando una a una cada una de las actitudes asumidas por dichas élites, que tanto daño han hecho.
Enuncia que el diálogo es lo contrario al integrismo; posibilita la apertura, la tolerancia entre grupos, evita la guerra en sus diferentes manifestaciones y logra que se instaure la paz. El problema radica precisamente en que los integristas no permiten el diálogo como opción; absolutizan su visión del mundo, encasillándose en una única posición.
Un problema que atañe al campo del integrismo y que mueve muchos intereses es el de la economía y la política; “es un cáncer espiritual que amenaza a toda la civilización” [3] llega a sentenciar Roger Garaudy, debido a que de maneras sutiles pero también arrasadoras ha invadido grandes espacios de la humanidad, donde la ideología, irrumpe todos los demás rubros que llevan a cerrarse en una cosmovisión exclusiva y elitista.
El autor denuncia que el problema del integrismo no es un hecho aislado del Islam, sino que tiene su génesis en la sociedad occidental que trata de imponer sus modelos de cultura y desarrollo, desde la época renacentista. Esto resulta clave para no encasillarla en el ámbito meramente religioso, pues también los intereses económicos, de poder o de orden social, llevan a irse a extremos.
Garaudy enmarca algunas características de esta postura, las cuales son, el inmovilismo, -no querer adaptarse y estar en contra del desarrollo-, el regreso al pasado, -estar apegados a la tradición y conservadurismo-, y la intolerancia –actitud dogmática e intransigente-. Notoriamente discrimina esta ideología como retrograda, carente de sentido, limitada por esquemas infundamentados, y que por ende, no llevan a ningún lugar esperanzador sino sólo al ensimismamiento del círculo que ve por sus propio interés, bienestar y progreso.
Posteriormente el autor enmarca y describe tres principales formas de integrismo que se han venido dando principalmente en nuestra época contemporánea, las describe minuciosamente haciendo un análisis y crítica para cada uno de ellos. Estos son los integrismos occidentales, a saber, el cientificista, el stalinista y el romano.
El integrismo cientificista tiene su origen en Francia, en la filosofía de las luces, donde se “crea pues una nueva religión transformando la ciencia en dogma: las opciones científicas transmitidas por la escuela deberán cobrar formas que las vuelvan sagradas”. [4] Aquí entra también el pensamiento de Augusto Comte con su postura positivista y su concepción de ciencia y política. El nuevo principio es la ciencia, con la comprobación de los datos y los hechos observables. La metafísica queda descartada y anquilosada en comparación con la sociología reinante que llega brillando con sus leyes que si explican empíricamente. Nace así la nueva religión de la humanidad, constituida por la era positiva.
La seria amonestación del autor en referencia al cientificismo entendido como integrismo es que “basado en una concepción retrógrada y obsoleta de la ciencia, el cientificismo se ha transformado en una especie de superstición o, mejor dicho, de integrismo totalitario, fundado sobre el postulado de que la ‘ciencia’ puede resolver todos los problemas. Lo que ella no puede mensurar, verificar ni predecir no existe. Este positivismo reduccionista excluye las dimensiones más elevadas de la vida: el amor, la creación artística, la fe. […] Es también uno de los indicios y uno de los agentes de la desintegración de la cultura occidental, pues alimenta una mentalidad tecnocrática”. [5] Ya el hombre no reflexiona sobre sus propios objetivos sino que está en función de actividades técnicas.
El integrismo stalinista no tiene que ver con el pensamiento marxista, sino es una deformación de los seguidores de Marx, que han hecho una desvirtuación del sistema. Tiene que ver con la Unión Soviética y su sistema social-económico de gobierno que degeneró en convertirse en “correas de transmisión de la maquinaria burocrática”, [6] con evidentes posturas positivistas de la realidad y la historia.
Severamente arremete Garaudy al respecto: “la exportación de este integrismo, de esta teología sin Dios, que consideraba el sistema soviético como modelo único e inmutable del socialismo, condujo a los partidos comunistas de Europa y del Tercer Mundo a un fracaso generalizado”. [6] En este sistema –asegura nuestro autor- “encontramos el rasgo fundamental de todo integrismo: reducir un método, una fe, una política, a la forma que pudo cobrar en una época anterior de la historia. Y la consecuencia ineluctable de este dogmatismo: la inquisición. Pues si yo estoy seguro de poseer la verdad absoluta, quien la rechaza es un enfermo a quien conviene recluir en una clínica psiquiátrica, o un recalcitrante conciente cuyo rechazo voluntario de la verdad merece la prisión o la muerte”. [39]
Por último está el integrismo romano, que atañe principalmente a la Iglesia católica, que no es cosa del pasado, que tiene como característica principal el retornar al pasado con la voluntad de imponer la voluntad de la Iglesia como ley autoritaria, por medio del conservadurismo, el centralismo autoritario y la concepción cerrada de la fe occidentalizada.
Finalmente el autor propone una lucha contra el integrismo diciendo que “no se puede llevar a cabo a partir de nuestro propio integrismo, es decir, a partir de esta ‘suficiencia’, de este encierro en nosotros mismos, de esta certeza sobre la superioridad de una cultura presuntamente excepcional y universal, a partir de la cual se medirán todas las demás. No puedo tildar a un hombre de ‘integrista’ porque no comparte mi cultura, mi fe o mi incredulidad”. [10] La solución está en la cultura, en no sentirse superiores a otros, en autocriticarse personalmente, tomando conciencia de los propios integrismos para no sentirnos amos del mundo. Hay que aprender a aprender de los otros.
Termino la presente aportación con una frase que resulta desafiante, pero enmarcándola en la realidad actual puede arrojar datos certeros: “el integrismo es una enfermedad que infesta todos los movimientos políticos y religiosos de nuestro siglo”. [40] Lo importante es no sólo saberlo, sino saber cómo responder a dicha realidad que nos aborda.
[1] Roger Garaudy, Los Integrismos, ed. Gedisa, Barcelona, 1995, p. 13.
[2] Ibíd., p. 13.
[3] Ibíd., p. 14.
[4] Ibíd., p. 19.
[5] Ibíd., p. 27.
[6] Ibíd., p. 36.
[8] Ibíd., p. 37.
[9] Ibíd., p. 39.
[10] Ibíd., p. 58.
[11] Ibíd., p. 40. 

Bibliografía:
Garaudy, Roger, Los Integrismos: ensayo sobre los fundamentalismos en el mundo, ed. Gedisa, Barcelona, 1995, 157 pp. [13-60 pp.]

24 novembre 2011

Le soufisme dans l'Islam

Le principe du soufisme est dans la "shahada", dans la profession de foi de l'Islam : « Il n'est de divin que Dieu. »
C'est-à-dire que seul l'Absolu est absolu, que tout le reste est relatif ! Dieu seul est réel.
Ici encore un contresens doit être évité : dire que Dieu est tout, ne signifie pas que tout est Dieu.
Aucun panthéisme dans la vision des soufis.
Tout au contraire : Dieu, c'est ce qui manque à toute chose pour être Tout. Chaque chose n'est réelle que par son rapport à Dieu.
Séparé de Lui, elle n'est qu'illusion, non être.
Cela ne signifie nullement que Dieu se réduit à n'être que la somme des êtres, même indéfiniment prolongée.
Ceci n'a donc rien à voir avec le panthéisme qui, lui, croit à une continuité entre le fini et l'infini.
Evoquant ces rapports entre ce qui est absolument réel et ce qui n'est que relativement réel, trois des "califes bien guidés", compagnons immédiats du Prophète, disaient:
- Abu Bakr : « Je n'ai jamais vu une chose sans avoir vu Dieu avant elle ».
- Omar : « Je n'ai jamais vu une chose sans avoir vu Dieu en même temps qu'elle ».
- Othman : Je n'ai jamais vu une chose sans avoir vu Dieu après elle ».
Dieu seul est réel. Toute chose n'existe que comme "signe" de Lui, et qui le "désigne".
Il est la cause et la fin de toute chose : « Tout vient de Dieu. » (IV, 78) « et tout retourne à Lui » (X, 56). « Il est le Premier et le Dernier, l'Extérieur et l’Intérieur. » (LVII, 3).
Le soufisme est un commentaire du Coran, une manière de le lire, et surtout une manière de le vivre.
Du fait qu'il n'y a aucune commune mesure entre l'homme et Dieu, du fait même de cette transcendance, Dieu, pour n'être pas conçu de façon anthropomorphique ne peut parler à l'homme que par para­bole, comme l'homme ne peut parler de Dieu que par métaphore.
C'est la condition première et la possibilité de la révélation, c'est à­ dire de la descente de l'éternité dans le temps.
De même que le monde ne s'arrête pas aux limites des choses qui ne sont, au-delà d'eux-mêmes, que des "signes" de Dieu.
Ce qui exclut lecture littérale et exige au contraire la recherche du sens intérieur, par delà les langues, qui ne sont qu'historiques, et les mots qui ne sont que symboliques.
Le soufisme est ce moment où l'homme prend conscience que Dieu a « insufflé en lui de Son esprit. » (XV, 29 ; XXXII, 9 ; XXXVIII, 72), qu'en Dieu seul il puise la force de vaincre :
« Tu ne lançais pas toi­ même les flèches quand tu les lançais, mais Dieu les lançait. » (VIII, 17).
Un Hadith du Prophète exprime admirablement cette essence du soufisme :
« Quand j'aime Dieu, je suis l'oreille par laquelle Il écoute, le regard par lequel Il voit, la main par laquelle Il forge, le pied par lequel Il marche. »
Et toujours ce moment fondamental que tout vient de Dieu et qu'à Lui tout retourne (II, 156), diastole et systole du coeur musulman.
De Dieu tout vient, et c'est la révélation.
A Dieu tout retourne, et c'est la prière.
Double et indivisible mouvement de Dieu vers l'homme et de l'homme vers Dieu.
La révélation nous apprend à voir Dieu en toute chose qui en est le signe : ce peut être une réalité de la nature, un événement de l'histoire, un être que nous aimons, un verset de l'Ecriture.
Tout est "signe" (ayat). L'Univers entier est un langage que Dieu nous parle.
La prière n'est pas une demande, mais une manière d'être : au-delà de toute "suffisance", reconnaître notre "dépendance" à l'égard de Dieu, sa transcendance : la présence de l'infini dans le fini, c'est-à-dire Ce qui est en moi sans être à moi.
Cette prière exige l'effacement du "moi" pour laisser en nous toute la place à Dieu.
Junayd disait : « Le soufisme c'est Dieu te faisant mourir à toi pour renaître en Lui », et Abu Yazid Al-Bistami : « Quand le "moi" s'efface, alors Dieu est son propre miroir en moi » ;
le grand soufi Abu Saïd, raconte qu'un de ses disciples lui disait : « Tu nous parles souvent d'Ibliss (« Satan »), qu'est-ce que c'est que Satan ? »
Et Abu Saïd répondait : « Je le connais bien, je l'ai rencontré et il m'a dit : "Si tu dis "moi" tu deviens semblable à moi ».
Retournant ainsi à la racine de son être, l'homme peut alors accomplir sa vocation active de "Calife de Dieu" sur la terre, à qui a été confiée par Dieu la sauvegarde divine du monde.
Le "Jihad", c'est l'effort permanent, sur soi et sur les autres, pour faire régner sur la terre les droits de Dieu et des hommes.
Le soufisme, par la conscience qu'il donne à l'homme, de cette présence de Dieu en lui, de sa responsabilité à l'égard de l'ordre divin sur la terre, est un appel permanent à la foi, un appel à se "souvenir de Dieu" en chaque action pour établir dans le monde l'harmonie divine de la justice et de la paix.
Le soufisme, c'est le moment de l'intériorité de l'action.


Roger Garaudy 
L'Islam Vivant.
Texte Proposé par Aron O’Raney

19 novembre 2011

"Pour les communistes, l'esthétique c'est l'éthique de l'avenir"

Dans Marxisme du 20e siècle (éditeur La Palatine, 1966), Roger Garaudy conclut le chapitre Le marxisme et la morale (pages 83 à114) par une réflexion sur la transcendance (pages 113-114) qui introduit en même temps le chapitre suivant Le marxisme et la religion (pages 115 à 178):